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John Le Carré. La falsa memoria de un mentiroso

MICHIKO KAKUTANI (THE NEW YORK TIMES) | 16/09/2016

Guardadas con celo por sus editores, las memorias de Le Carré (Volar en círculos, Planeta) llegaron a las librerías de todo el mundo la semana pasada. Se esperaba un desquite del exespía con el Servicio Secreto de su país que, finalmente, ha sido inmisericorde. También que el autor de libros como El topo o El espía que surgió del frío, el escritor de novelas de espionaje más exitoso del mundo, desvelaría su intimidad… ¿condimentada con una pizca de ficción? En este texto, la crítica norteamericana Michiko Kakutani lee minuciosamente a Le Carré, y nos explica cómo realidad y ficción se imbrican en su obra

 

John Le Carré (Dorset, 1931) cuenta que hace años, cuando estaba pensando en escribir su autobiografía, contrató a dos detectives para que lo investigasen a él y a su familia. Al haber sido hijo de un aventurero estafador, espía del Servicio Secreto de Su Majetad, y un novelista que había dedicado su vida a inventar historias, la verdad y el recuerdo acostumbraban a confundirse entre sí. “Les expliqué que era un mentiroso. Nací para mentir, me educaron para ello, un sector que miente como medio de vida me entrenó para hacerlo, y adquirí experiencia siendo novelista”. Estaba interesado en conocer los hechos de su vida, les dijo a los detectives, ya que, “como creador de ficciones, invento versiones de mí mismo, jamás la realidad, si es que tal cosa existe”

 

Puede que esta tendencia a lo que su biógrafo Adam Sisman llama “falsa memoria” no haga de Le Carré (o, mejor, de David Cornwell, el hombre detrás del seudónimo) el más fiable de los memorialistas, pero ha alimentado la carrera extraordinaria de un novelista que no solo ha reinventado el thriller de espionaje, sino que también se ha ganado su justo lugar como heredero de Joseph Conrad y Graham Greene. Su nuevo libro, Volar en círculos (Planeta), no logra que nuestro placer disminuya al leer las historias de su vida, historias, insinúa, que muy bien podrían contener una pizca de influencia de la imaginación (“si en algo miente la auténtica verdad, no es en los hechos, sino en los matices”), o quizá un toque de autodramatización.

Volar en círculos no es una autobiografía y, ciertamente, no añade muchos detalles fácticos al sesudo retrato de Sisman. Más bien es una recopilación de evocaciones (algunas ya conocidas por los trabajos publicados) que brinda numerosos atisbos del autor a lo largo de los años, dando saltos y rebotando en el tiempo, y narradas con el brío de un contador de historias magistral, a veces trágicas y divertidas, otras cautivadoras, mordaces y melancólicas

 

El libro permite entender las caprichosas transacciones entre arte y vida que Le Carré efectúa en su ficción: por ejemplo, cómo Vivian Green, su “sabio mentor en Oxford” le proporcionó “la vida interior de George Smiley”, y cómo su propia atormentada relación con su despreciable padre, Ronnie (“estafador, soñador, prisionero ocasional”)sirvió de combustible para el drama filial de Un espía perfecto, su novela psicológicamente más compleja.

Quienes hayan leído obras de Le Carré como La chica del tambor y El sastre de Panamá, además de El jardinero fiel, La canción de los misioneros y Un traidor como los nuestros, también comprobarán con qué afán llevó a cabo sus investigaciones para estos libros más recientes, viajando a lugares peligrosos del planeta (a Beirut para entrevistarse con Arafat, a la Camboya en poder de los Jemeres Rojos, al este del Congo a reunirse con los caudillos militares) para familiarizarse con la situación in situ y buscar a personas que pudiesen encarnar a los personajes que apenas empezaban a germinar en su mente.

 

Sobre la marcha, Le Carré cuenta algunas de sus experiencias como espía sin dar a conocer detalles de las operaciones y sin abordar realmente su decisión de escoger, en palabras de Sisman, “la lealtad a su país por encima de la lealtad a sus amigos” cuando, siendo un joven recluta, el MI5 le pidió que estuviese al tanto de la actividad de los estudiantes de izquierdas de Oxford.

Lo que rememora con soltura es la confusa neblina de los años de la Guerra Fría que inspiraron El espía que surgió del frío y sus incomparables novelas de Smiley (El topo, El honorable colegial y La gente de Smiley). Nos traslada a la Alemania de principios de la década de 1960, donde dice que los nazis seguían merodeando en el mundo de los servicios secretos, y al interior de los viejos cuarteles generales del espionaje británico, en los que cuenta que en otros tiempos creía que “los secretos más delicados del país se alojaban en una caja fuerte verde desconchada, marca Chubb, oculta al final de un laberinto de lóbregos pasillos”

 

La ficción de Le Carré hizo mucho por desmitificar el moralmente ambiguo mundo de los servicios secretos contemporáneos -hasta entonces definido en gran medida por la épica de las novelas de James Bond, de Ian Fleming- y, en el libro, el autor observa que si bien “todos los servicios secretos se mitifican a sí mismos”, los británicos “constituyen una categoría aparte”. Escribe: “Mejor no hablar de nuestra deplorable actuación en la Guerra Fría, cuando el KGB nos aventajaba y lograba infiltrarse antes que nosotros casi en cada curva. Remóntense en cambio a la Segunda Guerra Mundial, que, si damos crédito a nuestra televisión y a nuestra prensa sensacionalista, es donde nuestro orgullo nacional hizo su inversión más segura. ¡Contemplen a nuestros brillantes descifradores de códigos de Bletchey Park!”

En su condición de espía, Le Carré desarrolló una entusiasta capacidad de observación periodística que le fue muy útil como novelista, y el libro está lleno de retratos maravillosamente trazados de escritores, espías, políticos, corresponsales de guerra y actores que poseen una corporeidad y una vivacidad palpables.

 

Describe al oficial de inteligencia Nicholas Elliot -el amigo íntimo, confidente y, al final, víctima del infame agente doble Kim Philby- como “un chispeante bon vivant de la vieja escuela”, que parecía “un hombre de mundo de P. G. Wodehouse, y hablaba como tal”, excepto porque era “temerariamente desconsiderado con la autoridad”.

Le Carré advierte que el físico y premio Nobel soviético Andréi Sájarov, que vivió años exiliado en su propio país por denunciar las violaciones de los derechos humanos, sonreía a menudo y se pregunta “si siempre había sido algo consustancial a él, o si se había enseñado a sí mismo a sonreír como una manera de desarmar a sus interrogadores”.

 

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En cuanto al gran Alec Guiness, el inolvidable intérprete de Smiley en El topo, la producción de la BBC de 1979, Le Carré recuerda su encanto, su “pícara sonrisa de delfín”, y la forma en que estudiaba y almacenaba los gestos de la gente a la que conocía cuando estaba preparando sus papeles, moldeando “su cara, su voz y su cuerpo en innumerables versiones de nosotros”. Atribuye el carácter esquivo de Guinness, su amor por el trabajo disciplinado y los buenos modales a la herencia de la “humillación y el desorden de sus desdichados primeros años de vida”. Guinness, escribe, era “una persona demasiado familiarizada con el caos”, e incluso a los 80 años seguía siendo un “niño alerta” que “todavía no había encontrado puertos seguros o respuestas sencillas”.

 

Lo mismo se podría decir de Le Carré, que se encuentra también en su octava década de vida. El capítulo que trata de su infeliz niñez (basado en un extenso artículo que publicó en The New Yorker en 2002) es la parte más cruda y emotiva del libro, y su columna vertebral psicológica. Es una historia desgarradora, casi dickensiana: cuando tenía cinco años, su madre los abandonó a él y a su hermano (cansada de que el violento padre de los chicos le pegase), y Le Carré creció como un “niño congelado”, utilizado y humillado por el maestro de la estafa que tenía por padre, un hombre encantador pero traicionero que no veía contradicción entre estar en la lista de personas en búsqueda por fraude y pavonearse con una chistera gris en el recinto de los propietarios de Ascot”; un hombre que perdió inconscientemente el dinero de la matrícula de su hijo apostándolo en Montecarlo, que cumplió condenas en cárceles de todo el mundo (Hong Kong, Singapur, Yakarta, Zúrich), y que luego se quejaba de que su famoso hijo fuese incapaz de darle una parte de los derechos de autor de sus libros. Habiendo aprendido las artes de “la evasiva y el engaño” como medios de supervivencia siendo niño, y dado su anhelo de pertenecer a una familia legítima y más extensa, el joven David Cornwell era un fichaje natural para el espionaje.

Unirse “al mundo secreto”, cuenta, “fue como llegar a casa”. Cuando contempla retrospectivamente su carrera de novelista, también se pregunta a sí mismo: “¿Qué partes de mí siguen perteneciendo a Ronnie?

 

“Me pregunto si hay una gran diferencia entre el hombre que se sienta a su escritorio e inventa embustes en la página en blanco (yo) y el que se pone una camisa limpia cada mañana y, sin nada más en el bolsillo que su imaginación, emprende camino dispuesto a estafar a su víctima (Ronnie)”.