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Kafka de Reiner Stach

 

“La extraordinaria biografía de Stach no resuelve el “caso Kafka”, sino que lo propaga más allá de cualquier límite”

¿Es posible escribir una biografía definitiva sobre Kafka?

Sólo un insensato afirmaría que sí. Los clásicos son criaturas vivas, ríos que fluyen sin descanso. No hay una perspectiva total, capaz de reunir todas las imágenes que compone su curso, sinuoso y desigual. Sin embargo, algunas miradas son más perspicaces que otras, revelando los sedimentos más profundos que se acumulan en su lecho. Reiner Stach (Rochlitz, Alemania, 1951) ha desplegado una de esas miradas, cuyo valor no reside en su carácter presuntamente insuperable, sino en la fecundidad de su planteamiento, que trasciende la mera erudición para convertirse en un texto de indudable valor histórico y literario.

El “caso Kafka”, por utilizar la expresión de Marthe Robert, implica muchos riesgos, principalmente excederse en la exégesis, pecado capital de la crítica literaria. Se ha dicho que la literatura de Kafka prefigura el fenómeno del totalitarismo.

Sus personajes, humillados y aniquilados por un poder ilimitado -pero de faz difusa e impersonal- pueden asimilarse fácilmente con las víctimas de la Shoah. O del Gulag. O, simplemente, pueden considerarse una prefiguración del desarraigo del hombre contemporáneo, extraviado en una época sin otro horizonte que la angustia, el nihilismo y la desesperanza.

Reiner Stach no esboza una interpretación unilateral y excluyente. Tampoco abunda en tesis filosóficas o teológicas. Su biografía articula una visión genealógica de un ser humano indiscernible de su vocación literaria. Por eso desmonta algunos de los mitos que rodean al escritor, ubicándole en un ámbito más próximo y humano.

Sin embargo, no elabora una versión alternativa, opuesta, un “Kafka no kafkiano”, casi como el que restaura una obra de arte o descubre un territorio inexplorado, sino que completa y profundiza aspectos de una personalidad nítidamente definida por sus obsesiones: la humillación, la impotencia, el fracaso, la insatisfacción, el poder, la soledad, la relación entre el individuo y las masas.

La literatura de Kafka es tan cruel e intrincada como una pesadilla. La destrucción del yo planea por sus páginas como algo inminente e ineludible. Las migrañas que lo atormentaban se traducen en fantasías terroríficas, que incluyen inesperados ataques con sogas y cuchillos de carnicero. “Lo inmediato me resulta inasequible”, escribe Kafka.

Desde muy pronto, descarta la posibilidad de constituir una familia, malogrando los idilios que entabla con distintas mujeres. Su relación con el sexo no es menos conflictiva. Aunque fantasea con una intimidad intensa y apasionada, sus experiencias siempre están lastradas por sentimientos de culpa e impureza. Sus escarceos con prostitutas le producen una dicha efímera, pero la impresión de traficar con lo obsceno y perturbador le hace retraerse a la esfera de lo estético y literario. Escribir dos páginas románticas le parece más apetecible que pasar dos horas en brazos de la mujer amada o deseada. Kafka vivió el sexo como una huida del mundo, no como un encuentro.

Stach apunta que Praga no es un simple paisaje de fondo, sino la trama que sostiene las ficciones de Kafka, pese a que nunca mencione o describa la ciudad. Su diversidad cultural es una fuente de tensiones, pero también un foco de ensoñaciones y encantamientos. Kafka define Praga como el círculo estrecho que abarca su vida entera. La imagen del círculo no es casual, sino una reminiscencia de siete siglos de misticismo judío. La cábala, el hasidismo, la leyenda del Golem, la astrología y la astronomía componen los distintos estratos de una diferencia cultural que suscita el odio de una Europa cristiana y -por consiguiente- ferozmente antisemita.

A Kafka no le interesa el judaísmo como religión, sino como lenguaje simbólico. Al igual que el teatro yídish, sus mitos le parecen tan grotescos como inspiradores. Combinan magistralmente la comicidad y el horror. Kafka poseía un desgarrado sentido del humor, que se expresaba en parábolas aberrantes. Su ironía estaba teñida de tristeza y casi siempre se proyectaba sobre sí mismo. Sentía que era un intruso en un mundo que le contemplaba con perplejidad y extrañeza.

Nieto de un carnicero, el escritor se hizo vegetariano y asumió las enseñanzas del dietista norteamericano Horace Fletcher, que ponderaba la masticación como clave de una alimentación sana. Asimismo, practicó la calistenia frente a una ventana abierta, intentando mantener en forma un cuerpo que le avergonzaba, particularmente al compararlo con la extraordinaria corpulencia de su padre.

“Escribir cartas es comunicarse con fantasmas”, anotó. No se refería tan sólo al destinatario, sino al autor. Su relación epistolar con Felice Bauer, Grete Bloch y Milena Jesenska le permitió airear afectos, pero sin someterse a las incertidumbres y estridencias del trato directo. Su empleo en una compañía de seguros le restó horas para escribir, pero al mismo tiempo mejoró su escasa autoestima. Aunque solía interrumpir con carcajadas la lectura en voz alta de sus propios relatos, consideraba que escribir era “un sueño más profundo que la muerte”. Es paradójico que le confesara a Milena el sueño de expirar a su lado, pero que a la vez escribiera que las mujeres emplean sus encantos “para amarrar al hombre a lo Finito”. A semejanza de Mahler, busca la mujer-madre, una figura que se encarna en su hermana Ottla, cuyo instinto protector se refleja en su trágico final en Auschwitz. Se ofreció a acompañar a los niños destinados a la cámara de gas, tal vez porque advirtió en ellos el mismo desamparo que en su hermano.

En los últimos años de su corta vida, Kafka soñó con emigrar a Palestina, donde trabajaría como campesino, carpintero o camarero. “El trabajo intelectual nos aleja de la sociedad humana”, escribe el mismo hombre que una vez afirmó: “Yo soy la literatura”. En ese período, Kafka llega a pensar que el trabajo físico ayuda a vivir en comunidad y echar raíces.

Reiner Stach deja muy claro que Kafka “no era un marginal”, sino un “integrado”. Meticuloso y eficaz, llegó a ser subdirector de departamento. Eso sí, en lo que se refiere a su obra, “dejó tras de sí un campo de ruinas”. La mayor parte de sus manuscritos quedaron inacabados. Kafka es “una otredad”, una alteridad que produce estupor y fascinación. Su mundo es “inhabitable”, un abismo cuyo fondo se aleja como una onda interminable. Su carácter inagotable -según Stach- brota de la interpretación de la vida como una constelación de signos que es necesario descifrar. La escritura de Kafka explora la realidad, con una lúcida conciencia de fracaso, pues sabe que las palabras merodean alrededor del ser, pero nunca llegan al centro, al claro del bosque. Algo parecido sucede con el lector de Kafka, que deambula por sus libros, con la sensación de atisbar lo esencial, pero sin lograr una percepción clara y distinta de un mensaje enigmático y feraz.

La extraordinaria biografía de Reiner Stach no resuelve el “caso Kafka”, sino que lo propaga más allá de cualquier límite, revelando que su literatura es un universo en expansión, materia y espíritu en movimiento hacia un confín felizmente inalcanzable. Kafka temía que “la vergüenza le sobreviviera”. Dispuso que sus papeles fueran reducidos a cenizas. Max Brod los salvó del fuego, pero no de arder en la memoria de las generaciones posteriores. El mundo que conoció Kafka desapareció con la Segunda Guerra Mundial, pero -como concluye Reiner Stach- “su lenguaje vive”. Y previsiblemente seguirá viviendo durante mucho tiempo, no ya como una “inútil estaca de madera hundida en la nieve”, sino como un árbol que no cesa de producir frutos.

@Rafael_Narbona , elcultural.cl  25/11/2016

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