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Woody Allen y Sócrates

El añorado Rafael Azcona dijo que Woody Allen merecía el Premio Nobel de Literatura. La idea de Azcona cosechó algún aplauso, pero también muchos reparos. ¿Acaso el guión es un género literario? Un autor de entraña primordialmente humorística como Allen –aunque ofrezca marcadas vetas dramáticas-, ¿merece ser tomado tan en serio como para ser acreedor a un premio semejante?

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Son polémicas antiguas en las que no voy a entrar ahora. Dentro del centenar largo de escritores galardonados con el Nobel de Literatura, no llegan a media docena –Bernard Shaw, Cela, Fo…- los que tienen una obra de fuertes –aunque no exclusivos- tintes humorísticos. El Nobel apenas ríe. Una pena.

Ahora bien, y sin polemizar, sostengo doblemente que el humor merece las más altas distinciones y que los guiones de películas –en contra del criterio de muchos cineastas- pueden tener una perfecta entraña literaria y, por supuesto, pueden y merecen ser leídos –como el teatro- de forma autónoma. Todo depende, claro, y aquí tendríamos que entrar en una casuística en la que tampoco voy a entrar. Me limitaré a recomendar la lectura de los guiones de Woody Allen publicados en castellano –unos trece-, en su inmensa mayoría editados por Tusquets.

Viene esto a cuento de unas declaraciones de Allen a propósito de Café Society, su última película estrenada en España. Allen ha dicho que escribió el guión de su filme estructurándolo “como una novela”. Al explicar esa analogía entre su guión y una novela –sólo estructural, ojo- ha venido a decir algo así como que la historia se despliega en horizontal, mitigando la concentración y una línea de fuerza, extendiéndose las escenas simultánea o sucesivamente de modo que se va alternando la presencia de todos los personajes, pertenezcan o no al núcleo duro de la trama, que, como ya sabemos, está centrada, entre el Hollywood y el Nueva York de los años 30, en la doble e insatisfactoria peripecia amorosa de su joven protagonista masculino.

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El carácter literario de un guión, me apresuro a aclarar, no está relacionado, ni mucho menos, con su posible estructuración novelesca. No hay, por otra parte, un único modo de estructurar una narración novelesca. Pero traigo a colación este asunto porque, en este caso concreto y tal como lo explica Allen, esa estructuración en abanico o en frente amplio de Café Society, al tiempo que da aliciente a la película, debilita la mencionada historia amorosa de la película, que recibe menos atención –que está desatendida- en su segunda parte.

Café Society tiene un narrador omnisciente, papel con voz en “off” que se ha reservado para sí el propio Woody Allen. Este procedimiento narrativo es muy usual en la literatura y también lo es –en menor medida- en el cine. Nada que decir.

Y el narrador, hacia el final, trae a colación una frase de Sócrates. Quería detenerme en esto. En el cine de Woody Allen hay muchas citas y alusiones a escritores y también a filósofos. Por lo general, Allen las utiliza para ironizar sobre ellas, para darles la vuelta desacralizándolas.

Hace unos años, en 2003, el catedrático de Filosofía Juan Antonio Rivera sacó un recomendable libro titulado Lo que Sócrates le diría a Woody Allen (Espasa), libro que trata la episódica conexión entre el filósofo griego y el director neoyorkino, pero que va mucho más allá apelando a otros pensadores y a otros cineastas (y películas) e indagando, en definitiva, en las relaciones entre filosofía y cine. No se trata de que determinadas películas citen el pensamiento de un filósofo, sino de que, inopinadamente sobre todo, expresen o ilustren algún aspecto crucial de su obra.

Woody Allen ya usó a Sócrates muy pronto en una muy divertida escena –un monólogo- de La última noche de Boris Grushenko (1975), su muy particular parodia de Guerra y paz. Boris hacía un retorcido silogismo para llegar a la conclusión de que todos los hombres somos Sócrates y bromeaba con la presunta homosexualidad del filósofo y de los griegos en general.

En Café Society, cuando la historia se va decantando hacia su final, el narrador Allen recurre de nuevo a Sócrates, concretamente a una idea de su Apología, escrita por Platón, que trata de reproducir el discurso de defensa del filósofo ante el tribunal que lo juzgó y lo condenó a morir mediante la ingesta de cicuta.

La frase socrática es, casi textualmente, la siguiente: “Una vida que no ha sido examinada no merece la pena de ser vivida”. Una vida que no ha sido examinada o una vida que no resiste un examen. El caso es que Sócrates quería ponderar, desde la moral y la responsabilidad, la importancia de que el hombre someta a examen su vida, reflexione o converse con otros sobre ella, de manera que las vidas que cuentan con ese escrutinio y, obviamente, lo superan son las que merecen la pena.

Pero Woody Allen añade inmediatamente algo parecido a esto: “Pero una vida examinada tampoco es una ganga”. Es un procedimiento netamente alleniano, presente en muchos de los diálogos de sus películas. Recurre a un filósofo, a una idea elevada, a una proclamación solemne con el objetivo de transmitir un pensamiento de empaque y suscitar una reflexión. Sin embargo, a renglón seguido, rebaja, desacraliza y se distancia de toda solemnidad, dinamita lo solemne introduciendo una broma, una ocurrencia muy a ras de tierra, que casi –o sin casi- implica la negación de la anterior afirmación muy a su manera, o sea, con una conclusión pesimista: las vidas examinadas no son una ganga porque la vida no es una ganga. Porque pocas vidas, te pongas como te pongas, lo son. ¿O acaso no acaban mal todas?

Publicado por Manuel Hidalgo

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